lunes, 26 de noviembre de 2012

La luz de la insensatez


La luz de la insensatez
se abre ante mi,
como un cuchillo de hierro
y entonces:
¡La resonancia del verso!

¿Acaso hay algo tan bello?
¿Acaso la nieve depositada
sobre los tejados
no inspira a poetas y a angustiados?

Como quien duerme
dentro un cementerio bajo un fuego
raído de hastío y sorpresa.

¿Quién soy?
Cuantas veces
me hice la misma pregunta.

Y aunque la esperanza
se me niegue,
en una encrucijada de palabras,
hallaré, sin duda alguna, la respuesta.

El sol brilla, calienta, pero no asusta.
La luna sin embargo dibuja
sobre el falso techo de la cúpula
figuras estelares,
imaginadas en lienzos y estampas.

El verso, no es tiempo perdido.
El verso es un camino.

Una finalidad,
un recorrido a través de desiertos
y otros nuevos caminos,
que abren puertas y cierran secretos.

Nunca anochecerá lo suficiente
como para no amanecer.
Y nunca dejará de amanecer
aunque ya jamás nos volvamos a ver.

La luz es una sonrisa,
la luz es una caricia,
la luz es una promesa,
la luz es una experiencia.

La luz es una sorpresa
una cadena de favores,
un relicario de colores,
un doremifasoleando de melodías
donde todo puede ser lo que parece
y sin embargo nunca lo seguirá siendo.

La luz se enciende y se apaga.
La noche se hace y se deshace
como si fuese un truco de magia.

Y aún habiendo oscuridad
dentro de las tinieblas y su diversidad,
allí dentro, muy adentro,
siempre una pequeña luz brillará.

Porque nunca anochecerá
lo suficiente
como para no amanecer.

Porque nunca
dejará de amanecer por muy duro
que haya sido el anochecer.

Porque una luz
aunque sea la de la insensatez,
siempre te hará observar
mucho más allá del propio verbo “ver”.

Heme aquí, entonces,
iluminada por mi propio anochecer.
Heme aquí cabizbaja;
pero esperando de nuevo
el siguiente amanecer.

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